Poesía

Miles.

He perdido la cuenta,

pero llevo noches acostándome con él,

abrazada a su aliento y a su cadencia,

recobrando entre sus brazos la esencia de mi ira, y el hervor de mi sangre temblorosa,

olvidándome del dolor,

sumergida en el dulzor del suyo, y deshaciéndome de los nudos de mis penas.

Me gusta cuando súbitamente eleva el sonido de sus notas para meterse con más precisión debajo de la piel que habito.

El sabor de su presencia trae después de un rato, la imperceptible intervención de la calma.

Paso de un calor extremo a la comodidad que emerge del susurro de su aire,

me arrulla trayéndome de vuelta a la más tierna infancia, contagiándome de una emoción sagrada.

Le escucho con los ojos cerrados mientras me acaricia despacio,

con la certeza de que desprenderme de él no está entre mis planes.

Se regocija entonces la herencia que nos une, y que contrasta con la emoción más sublime de todas,

invadiendo mi carne de orgasmos atípicos, iluminados con el color de su piel negra azabache.

No me canso porque él es bello, y liviano como una gota de sereno,

no me canso porque se acomoda a mi deseo,

porque es perfecto y me seduce de maneras inimaginables.

No me canso porque es tan azul como el cielo, e inunda mi respirar de armonías profundamente embrujadoras.

Llevo noches y más noches acumulando horas a su vera, y la verdad es que contra todo pronóstico, no me canso y… quiero más…

MICRONOLATO

Destilando.

Relaciones tenues, intereses implícitos que ninguno dice en voz alta, no es necesario. La noche aún es joven, y se han empezado a descorchar las botellas del frío champán que no falta en ninguno de los encuentros.

Las gemelas Roldán, fueron las primeras en llegar; desde que se constituyó el grupo de almas iridiscentes en torno a la fusión de locas pasiones, nunca han faltado a este particular evento, les va la marcha. Al fondo retraído y casi distante, Marcus, un italiano al que por encima no se le nota el fuego; detrás de su look desaliñado, la barba y los diminutos espejuelos hay mucho más que indiferencia, las que le conocen dicen que está muy bien dotado. Y no podían faltar la guinda del pastel de la lujuria, los “hermanos” Mellier, que en realidad no lo son, así se llama la empresa de utensilios de cocina que dirigen; desde jóvenes se han mantenido unidos, tanto para los negocios como para las travesuras. Adrián, Jessica y Lucas, traen consigo la inventiva nata de la perversión carnal, y las ganas de seguir experimentando. Seis corazones que se confunden entre el selecto grupo que hace parte de las bacanales de octubre, del club Q’s. Seis personalidades que han sido seleccionadas sin conocerse, para hacer parte del ring más exclusivo de la orgía de exhibición, en la noche más importante de los adeptos al mundo swinger. En la ciudad de Ríos Ardientes, capital de la libertad, en el país de las delicias, la cosa está que arde…

Los aspirantes a Duques de la Lujuria de este octubre no se conocen, pero sí distinguen el mundo en el que se mueven. La selección ha sido hecha al azar a través de la base de datos de los que libremente se han inscrito a la orgía y, a decir verdad, todos se mantienen expectantes. Les gusta el sexo, son amantes de la promiscuidad, y están dispuestos a darlo todo para vencer y convencer. De ellos depende que los 100 invitados a la gala queden desnudos al final de la noche, se motiven a jugar, gasten dinero, y disfruten en libertad de lo que allí se oferta. En Q’s nadie ve más allá de sus deseos, al final de la velada habrá seres más o menos contentos, contentos del todo, y los que ni fu, ni fa. Pero cuando todo termine, y salgan por la puerta principal, la experiencia habrá quedado atrás…

Faltan 45 minutos para el espectáculo, y los seleccionados son llamados al camerino a través de un artilugio vibrador con las indicaciones pertinentes. A cada uno le es asignada una azafata que les guía hacia un relajante baño de espuma previamente preparado, del que salen revitalizados, perfumados, y con la piel dispuesta para el juego. Las reglas están claras, los preservativos dispuestos, y la palabra de seguridad de la noche es: “agua”.

El reloj marca la una en punto de la madrugada, suena la campana y los candidatos a duques del ring de la lujuria, salen de uno en uno, totalmente desnudos y con el rostro cubierto por una máscara de distinto color, cuerpos tan diversos como febriles. El inmenso salón a media luz está rodeado por los ojos de los asistentes que empiezan a susurrar sus primeras impresiones. La voz invisible detrás del conteo da el arranque, empieza el juego. Las gemelas no esperan y se vuelcan en conjunto hacia Marcus, sus manos empiezan a enrollarse; pronto los seis desconocidos se juntan para reconocer el olor de sus cuerpos, las feromonas empiezan a hacer lo suyo. La música de fondo es lenta, y así de lentos son los movimientos de los seis, cuya coreografía fluye de manera natural. Dos mujeres competitivas, y que ven con naturalidad el juego sexual en el que están inmersas, no abandonan el liderato. Se acercan al cristal masturbando sus vulvas, mientras Jessica, la otra mujer del grupo, las observa sucumbiendo a la tentación de unirse al espectáculo que fluye cada vez con más fuerza, por los cauces de una basta y exacerbada pasión. La música va en aumento, los compases de lo que ahora está sonando, hacen que la selección natural haga de las tres espontáneas parejas del ring algo vanidoso, exclusivo, delicioso de escuchar, y estimulante para los ojos de los que dentro de la audiencia, no se resisten a tocarse y a empezar a escoger con quien interactuar.

El ring se pone aún más candente. Los cuerpos se confunden, y, la necesidad de verse totalmente desnudos hace que las máscaras desaparezcan. Las cosas fluyen de un lado y de otro. De entre el público los gemidos empiezan a emerger gradualmente, y a estas alturas en el ring, es difícil distinguir quién posee a quién… La música sigue creciendo, por la misma vía va la sensación de placer, vaho en el ambiente; es inevitable como espectadora, no fijarme en la manera cómo las personas dentro del gran salón rozan sus cuepors entre sí. En la lona están todos sumergidos en el otro; se han enrollado tanto que la posición en la que se encuentran es difícil de descifrar. Penes erectos, vulvas chorreantes, lenguas en fiesta loca, pentración, susurros, gemidos, chillidos, y miradas que se cruzan…

Ha estallado el aire, todos están copulando al unísono, los sonidos elevan los sentidos, las almas supuran incontenibles a través de la piel, tiembla el suelo, huele a sexo, huele a lujuria, huele a deseo y, desde esta parte del palco en el que me encuentro, es imposible no caer en la tentación. Lamo tímida mis dedos después de acariciar mi húmeda vagina. De repente, a mis espaldas, un desconocido aprieta mis pechos tan fuerte que es imposible no estallar en un grito absorto de deseo, me abraza y no lucho contra ello. Recorre mi cuerpo con sus enormes manos, ásperas quizá por una rutina que desconozco. Mientras besa y muerde mi cuello, levanta mi falda y me apoya en un ángulo más inclinado sobre la barandilla del palco, se deshace de mi ropa interior, mete sus manos, nota mi humedad mientras incontenible le pido que me penetre; no he soportado la presión de la locura lasciva desatada en aquel lugar. Gimo mientras el desconocido me penetra imbatible, sin quitar la vista del cuadrilátero, mi cuerpo se fusiona con el todo de ese instante; siento su pene en mi garganta pero quiero más, no es suficiente, me encanta la sensación de sentirme embestida con poderío. Palabras soeces, gritos, la música no para en su escalada, las paredes parecen abrazarnos, muchas almas en un sólo latir. Y de repente, en una escala al unísono, y como si estuviera previamente coordinado, llegan los orgasmos. Es un todos contra todos, es el David del deseo, contra el Goliat del no resistirse, los lamentos de placer no se pueden contener; hombres y mujeres prescindiendo de lo que les queda de ropa, anclados al calor de sus miembros y vulvas erectas, escurriéndose por entre la piel, estridencia, placer, una liturgia carnal llena de rezos lujuriosos. Llego yo, llega quien me posee, llega el ring, llega la ovación de la carne. Se escucha la respiración de uno y de otro, una corta calma, llega el aplauso. Los aspirantes serán coronados, lo han logrado: habemus duques, habemus pasión para un rato largo…

Fotografía tomada de: Pinterest

Poesía

Lágrimas negras.

Estos campos arden a causa de la cerilla que imprudentes han tirado en pasto seco.

Pronto llueven lágrimas que se derraman como si el monzón se hubiera acelerado, apagando las llamas de mi rabia,

todo es agua, fango, hojas secas flotando, y el canto de los grillos enzarzados que por instantes me desespera.

Estas lágrimas son mías, mías y de nadie más.

Lágrimas negras cargadas de agonía, aferradas a la esperanza de algo que no conozco y que tampoco logro intuir.

Me conformo con saber que, después de esto, volveré a calzarme los tacones rojos, y enjuagaré mis pechos desconsolados con agua de azúcar.

Me pondré en pie y destrozaré el amor de quienes me llaman puta pero se revuelcan en mi púbica osadía, dejando en la mesita de noche sus monedas de caucho.

Negras volverán a ser cada una de las lágrimas que caerán mañana, y el día después de mañana, porque mi esencia se tiñe del color de mi piel, y eso no cambia.

Negras son las ganas que ahora llevo sobre los hombros

revueltas entre un amor mentiroso que pensé había exorcizado los demonios de mi carne

lamiendo mi vagina humedecida producto de la ignominia con la que se me ha señalado.

Negra es la furia con la que devuelvo la ironía de sus sonrisas preñadas de inquina, y de pelusa podrida.

Negra soy yo, negro el coño que me parió, negro mi deseo.

Fotografía tomada de Pinterest.

Poesía

Submarino

Picas en los labios como la palabra incontinente

esa que se dice cuando menos lo esperas, desafiando lo políticamente correcto, sojuzgando a la mente.

Picas como cuando el sol golpea y sigues caminando con el consuelo absurdo de una piel excepcionalmente morena, sopesando el dolor y la ardiente pena.

picas en los pechos que amamantan tus dolores, saboreando el calostro vestigio insípido de la espesa leche de un pasado presente.

Impides la ruina de tus dedos titubeantes, comprendiendo lo que buscan

amparas la lujuria bajo el ala de instituciones casi infinitas, confinadas en el imaginario perverso de lo que se hace pero no se dice por vergüenza.

Empotrándola en paredes de algodón que la llevan directo al fondo, al fondo infinito de ese querer más arcano que el mar,

albergando especies distintas, con mejillas trémulas de un rojo fresa,

fumando pipas de laurel y tomillo.

Adobando de narcótica agonía el aire que respira cuando se abre de piernas al estar contigo…

Poesía

Vericuetos.

Mi libido encendida encandilando los rincones de tu inconsciente,

el olor de mi vagina debajo de tus uñas.

Metáforas de vidas al borde de la muerte,

agua de manantiales sedientos desviadas a canales propiedad de mi sosiego,

vericuetos encallados en la sien de animales racionales.

Amándose con frenesí juvenil inconsciente,

exponiéndose en balcones con vistas hacia calles ciegas de furor…