MICRONOLATO

Destilando.

Relaciones tenues, intereses implícitos que ninguno dice en voz alta, no es necesario. La noche aún es joven, y se han empezado a descorchar las botellas del frío champán que no falta en ninguno de los encuentros.

Las gemelas Roldán, fueron las primeras en llegar; desde que se constituyó el grupo de almas iridiscentes en torno a la fusión de locas pasiones, nunca han faltado a este particular evento, les va la marcha. Al fondo retraído y casi distante, Marcus, un italiano al que por encima no se le nota el fuego; detrás de su look desaliñado, la barba y los diminutos espejuelos hay mucho más que indiferencia, las que le conocen dicen que está muy bien dotado. Y no podían faltar la guinda del pastel de la lujuria, los “hermanos” Mellier, que en realidad no lo son, así se llama la empresa de utensilios de cocina que dirigen; desde jóvenes se han mantenido unidos, tanto para los negocios como para las travesuras. Adrián, Jessica y Lucas, traen consigo la inventiva nata de la perversión carnal, y las ganas de seguir experimentando. Seis corazones que se confunden entre el selecto grupo que hace parte de las bacanales de octubre, del club Q’s. Seis personalidades que han sido seleccionadas sin conocerse, para hacer parte del ring más exclusivo de la orgía de exhibición, en la noche más importante de los adeptos al mundo swinger. En la ciudad de Ríos Ardientes, capital de la libertad, en el país de las delicias, la cosa está que arde…

Los aspirantes a Duques de la Lujuria de este octubre no se conocen, pero sí distinguen el mundo en el que se mueven. La selección ha sido hecha al azar a través de la base de datos de los que libremente se han inscrito a la orgía y, a decir verdad, todos se mantienen expectantes. Les gusta el sexo, son amantes de la promiscuidad, y están dispuestos a darlo todo para vencer y convencer. De ellos depende que los 100 invitados a la gala queden desnudos al final de la noche, se motiven a jugar, gasten dinero, y disfruten en libertad de lo que allí se oferta. En Q’s nadie ve más allá de sus deseos, al final de la velada habrá seres más o menos contentos, contentos del todo, y los que ni fu, ni fa. Pero cuando todo termine, y salgan por la puerta principal, la experiencia habrá quedado atrás…

Faltan 45 minutos para el espectáculo, y los seleccionados son llamados al camerino a través de un artilugio vibrador con las indicaciones pertinentes. A cada uno le es asignada una azafata que les guía hacia un relajante baño de espuma previamente preparado, del que salen revitalizados, perfumados, y con la piel dispuesta para el juego. Las reglas están claras, los preservativos dispuestos, y la palabra de seguridad de la noche es: “agua”.

El reloj marca la una en punto de la madrugada, suena la campana y los candidatos a duques del ring de la lujuria, salen de uno en uno, totalmente desnudos y con el rostro cubierto por una máscara de distinto color, cuerpos tan diversos como febriles. El inmenso salón a media luz está rodeado por los ojos de los asistentes que empiezan a susurrar sus primeras impresiones. La voz invisible detrás del conteo da el arranque, empieza el juego. Las gemelas no esperan y se vuelcan en conjunto hacia Marcus, sus manos empiezan a enrollarse; pronto los seis desconocidos se juntan para reconocer el olor de sus cuerpos, las feromonas empiezan a hacer lo suyo. La música de fondo es lenta, y así de lentos son los movimientos de los seis, cuya coreografía fluye de manera natural. Dos mujeres competitivas, y que ven con naturalidad el juego sexual en el que están inmersas, no abandonan el liderato. Se acercan al cristal masturbando sus vulvas, mientras Jessica, la otra mujer del grupo, las observa sucumbiendo a la tentación de unirse al espectáculo que fluye cada vez con más fuerza, por los cauces de una basta y exacerbada pasión. La música va en aumento, los compases de lo que ahora está sonando, hacen que la selección natural haga de las tres espontáneas parejas del ring algo vanidoso, exclusivo, delicioso de escuchar, y estimulante para los ojos de los que dentro de la audiencia, no se resisten a tocarse y a empezar a escoger con quien interactuar.

El ring se pone aún más candente. Los cuerpos se confunden, y, la necesidad de verse totalmente desnudos hace que las máscaras desaparezcan. Las cosas fluyen de un lado y de otro. De entre el público los gemidos empiezan a emerger gradualmente, y a estas alturas en el ring, es difícil distinguir quién posee a quién… La música sigue creciendo, por la misma vía va la sensación de placer, vaho en el ambiente; es inevitable como espectadora, no fijarme en la manera cómo las personas dentro del gran salón rozan sus cuepors entre sí. En la lona están todos sumergidos en el otro; se han enrollado tanto que la posición en la que se encuentran es difícil de descifrar. Penes erectos, vulvas chorreantes, lenguas en fiesta loca, pentración, susurros, gemidos, chillidos, y miradas que se cruzan…

Ha estallado el aire, todos están copulando al unísono, los sonidos elevan los sentidos, las almas supuran incontenibles a través de la piel, tiembla el suelo, huele a sexo, huele a lujuria, huele a deseo y, desde esta parte del palco en el que me encuentro, es imposible no caer en la tentación. Lamo tímida mis dedos después de acariciar mi húmeda vagina. De repente, a mis espaldas, un desconocido aprieta mis pechos tan fuerte que es imposible no estallar en un grito absorto de deseo, me abraza y no lucho contra ello. Recorre mi cuerpo con sus enormes manos, ásperas quizá por una rutina que desconozco. Mientras besa y muerde mi cuello, levanta mi falda y me apoya en un ángulo más inclinado sobre la barandilla del palco, se deshace de mi ropa interior, mete sus manos, nota mi humedad mientras incontenible le pido que me penetre; no he soportado la presión de la locura lasciva desatada en aquel lugar. Gimo mientras el desconocido me penetra imbatible, sin quitar la vista del cuadrilátero, mi cuerpo se fusiona con el todo de ese instante; siento su pene en mi garganta pero quiero más, no es suficiente, me encanta la sensación de sentirme embestida con poderío. Palabras soeces, gritos, la música no para en su escalada, las paredes parecen abrazarnos, muchas almas en un sólo latir. Y de repente, en una escala al unísono, y como si estuviera previamente coordinado, llegan los orgasmos. Es un todos contra todos, es el David del deseo, contra el Goliat del no resistirse, los lamentos de placer no se pueden contener; hombres y mujeres prescindiendo de lo que les queda de ropa, anclados al calor de sus miembros y vulvas erectas, escurriéndose por entre la piel, estridencia, placer, una liturgia carnal llena de rezos lujuriosos. Llego yo, llega quien me posee, llega el ring, llega la ovación de la carne. Se escucha la respiración de uno y de otro, una corta calma, llega el aplauso. Los aspirantes serán coronados, lo han logrado: habemus duques, habemus pasión para un rato largo…

Fotografía tomada de: Pinterest

MICRONOLATO

Desiderátum.

Tembloroso se acerca a ella, nunca ha podido contener los nervios que le sacuden como una maraca cuando está ante su presencia. Su diminuta cintura le pone, le pone mucho, y el contoneo de sus caderas parece sacudir su cabeza de un lado a otro al son de sus pasos. Los temblores no son producto del susto; son la excitación y el calor los que le hacen perder el control, bajo una tensión sexual que difícilmente puede ocultar. El olor cítrico del perfume que ella lleva puesto pentra su olfato esparciéndose a través de su boca, fijándose en sus papilas gustativas como una lapa, chupando fantasías que traduce a diario en un deseo que acumula organizadamente en su memoria, como si de ello dependiera su vida.

A la salida del trabajo atraviesa la puerta principal cogiendo una enorme bocanada de aire, que luego expulsa con arrepentimiento; porque después de haberla respirado cualquier pérdida de su escencia la considera un pecado. A las ocho de la noche en punto llega a casa, se lava las manos, y saca la comida que previamente ha distribuido en contenedores de vidrio. Esta noche en particular toca sopa, una sopa espesa con un trozo de carne casi cruda que de vuelta y vuelta acaba de quitar de la sartén. Termina de cenar, y ya sentado en el sofá, enciende la tele, da un repaso a las noticias, y llama a su madre por teléfono para saber cómo le ha ido el día. Cada segundo de su latir está marcado por un hacer sigiloso y delicadamente llevado a cabo; un ritual de vida algo frío, pero suyo al fín y al cabo. Después de la ducha, ya siendo casi las once de la noche, se mete en la cama, no sin antes abrir el cajón de la cómoda en el que guarda los calcetines por colores y temporada, para extraer un sobre ya arrugado por el trajinar. Saca de entre un par de hojas blancas del interior una fotografía; es ella, es Lola. La mujer que le hace temblar, pero no está sola; él también aparece en la maltratada impresión, es la de la pasada cena de empresa, en ella la abraza tímidamente mientras sonríe grande.

Después de cerrar el cajón, se mete totalmente desnudo debajo de las sábanas, sostiene la fotografía en su mano izquierda. Su mano derecha envuelve su pene en movimientos sutiles de arriba hacia abajo, y sus ojos se fijan en la imagen de Lola. El quejido empieza a hacerse estridente mientras balbucea frases de profundo sentimiento pasional: “me gustas Lola” “no dejes de besarme” “tu perfume me está volviendo loco” “Mírame fijamente” “te deseo, siempre te deseo, no hay un día en el que no necesite de tí” “te amo Lola” “muérdeme los labios”así, así, así…“Lola, Lola, Lola…

Las sacudidas a su miembro empoderado empiezan a ser más contundentes. La fotografía hecha pelotilla por la fuerza con la que la toma y eleva su puño, son la manifestación más diciente del placer que está sintiendo. Su glande en llamas brilla asemejándose a una fresa recién cosechada. Su respirar se acelera, se retuerce, muerde su mano, grita, se contrae; le cuesta mantener los ojos abiertos, llora, y en ello parece que se le fuera la vida; no aguanta más la presión, el corazón se le quiere salir del pecho, estalla, gime enorme. Se corre: “OHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH”

06:15 minutos de la mañana, suena el despetador; Edward está por empezar una nueva jornada. Debe darse prisa, hoy es día de inventario.

MICRONOLATO

Mantis.

Como una araña teje su tela, sentada en la penumbra a la espera de su “presa”. Es paciente, sabe que las prisas en cosas del amor no son buenas. Está acostumbrada a lidiar con los sentimientos. La primavera ha llegado a su vida, cada año por esta época pasa lo mismo. Abril condensa los anhelos en el punto justo de sus ganas; las rutas que llevan al ardor de su pecho están claramente marcadas desde el equinoccio, la nieve ha dejado su huella, aún hay barro, y los animalitos de su bosque emocional han dejado atrás el frío invierno. Su amante favorito está por llegar.

Como una cigüeña ha vuelto a reconstruir su nido, ese que abandona cuando el objeto de su deseo deja la ciudad atrayendo el frío invierno. Los charcos en los que remoja sus pies en la penumbra, absorben todo el sol del atardecer. Su espalda al aire libre, y sus piernas alargadas casi infinitas se exponen como en un prado soleado, para el deleite de quienes fijan su mirada en ella. Pero sus primaveras tienen dueño; Alfredo Dolstingein, un Alemán de 1.90 metros de estatura, en buena forma y millonario. Alfredo llega cada año por las misma fechas, para pasar un fin de semana con su dama de compañia favorita, se conocen desde hace tiempo y a diferencia de él, ella prefiere no ser llamada por su nombre; de la discreción en el trato depende su sustento, pero la realidad es que a Alfredo eso nunca le ha importado. La ha bautizado como “Mantis”; la describe como una mujer fuerte, seductora y asesina de deseos. Vuelve cada año en su búsqueda porque su piel no concibe la ausencia absoluta de su roce; se conocieron en un vuelo entre Frankfurt y Madrid, en el que ella era azafata. “Mantis” ama diferente y sin condiciones, es dueña absoluta de sus vida y con ella hace lo que se le da la gana. Ella sabe cómo besarle, y posturalmente le vuelve loco. Se asombra de que siga buscándola, es un hombre casado, y culturalmente menos festivo, y a pesar de su apariencia sexy, no arriesga más de lo necesario, pero ya es la octava primavera.

Él la intuye nada más se abre la puerta del ascensor del exclusivo edificio madrileño en donde se hospeda año tras año. “Mantis” sale a la luz casi desnuda, envuelta de cintura para abajo en un trozo de fina seda transparente, y lamiendo sus dedos que previamente ha impregnado de miel. Lo que sigue es algo que han ido perfeccionando a través del tiempo, cada encuentro se eleva a otro nivel. Inmediatamente después de ese primer avistamiento, el ritual de apareamiento empieza a configurarse en una sinfonía perfecta de latidos estridentes y ganas de roce. Él se arrodilla para desnudarla por completo, acariciarla, olerla y mordisquear su ombligo. El juego continúa en el salón del impecable ático, alfombrado por cientos de pétalos de rosa, todas para su “Mantis”. Se revuelcan mientras ella ejerce su papel de fémina dominante, arrastrándolo hasta alcanzar niveles insospechados de placer. Hace de su existencia una caja de sonidos que juntos suenan al dulce sabor de lo carnal. Poco a poco se van compenetrando, no hay rincón sin ser acariciado, no hay gemido fingido, no hay cabida a otra cosa que lo que les atañe. Y con la penetración empieza la danza final, ella lo enrolla entre sus piernas succionando de entre sus gritos de placer, más placer. Succionando hasta la última gota de su aliento, secando sus ríos antes desbordados, matando su necesidad. Llevándolo a un sueño tranquilo que es la puerta de entrada de otro otoño que espera paciente la llegada de la próxima primavera. Matando fulminante el calor de su sangre, mientras ella se aleja camino de una refrescante ducha para ahogar ese otro sentimiento del que no habla nunca…

MICRONOLATO

Ardor.

Habían estado esperando el momento propicio para ese encuentro 58 veces pospuesto, sí, 58 veces. Las habían contado todas, con pelos y señales. Cada detalle grabado a fuego en sus memorias como si lo estuvieran viviendo en el instante; de ello era testigo el viejo diario de hojas amarillentas que ella guardaba debajo del colchón hace más de diez años. Había pasado el tiempo, la espera era una constante en sus vidas; físicamente estaban separados pero sus corazones mantenían la esperanza de volverse a encontrar. La apuesta tenía que ser consumada, tal y como se había escrito desde su gestación. Miranda tenía éxito como abogada penalista en la capital, Curro, decidió quedarse en el pueblo para mantenerse al lado de sus padres, heredando los viñedos y la fábrica de la familia. Como hijo único vivía una vida holgada, y por el contrario de ella, nunca se casó. Aunque tuvo un par de relaciones conocidas en el pasado; en el pueblo era sabido su amor por ella.

Los veranos de juventud estuvieron marcados por aquellos encuentros entre matorrales al pie del río, deshaciéndose entre gemidos, noche tras noche, explorando sus cuerpos adornados con los brillos de una lozanía casi perpetua. Miranda y Curro se conocían desde la tierna infancia, nacieron con un día de diferencia, sus padres eran amigos también desde niños, y eso estrechaba aún más los lazos de cariño entre ellos. Después de terminar el colegio, y diez años de noviazgo, sus vidas se separaron. Ella partió hacia la capital persiguiendo el sueño de ser abogada, y él tomó la suya. Pero a veces la voluntad no alcanza, la fuerza de lo que se queda dentro es determinante y las voluntades se vuelven “putas”…

Haber esquivado el día ‘D’ durante tanto tiempo no había servido de nada, el destino estaba marcado en el calendario, y la mesa estaba servida. Salieron de sus respectivas localizaciones de camino al restaurante acordado, ella más guapa que nunca y él, altivo, perfumado de pies a cabeza, seguro y tranquilo. Al encontrarse de frente sus miradas se fundieron en un acelerado latir. La escena no tenía desperdicio, todos los años de latencia valieron la pena, una decisión implícita en sus actitudes daba una primera pista de lo que iba a suceder. Durante la cena se tomaban de las manos, se miraban como si el mundo se fuera a acabar. Ella descalza le acariciaba con sus pies por debajo de la mesa, él se sonrojaba, no podía dejar de sonreír. Al cancelar la cuenta Miranda le hizo un guiño para que la acompañara hasta el servicio, titubeante aceptó la invitación. El momento era el momento; esos cuerpos que se habían aferrado a la esperanza empezaron a destilar deseo por todos los costados; cualquier espacio hubiera quedado pequeño para tanta pasión reprimida. Ella se abrió de piernas y él sin pestañear, se pegó a su vulva, saboreando con delicadeza el provecho de su escencia más íntima, mientras su feminidad se deshacía entre el ardor de esos gemidos conjugados por los movimientos de su lengua diestra. Una cosa llevó a otra más intensa, y como el hilo entre el ojo de una aguja empezaron a hilvanar los agujeros del tiempo, entregándose en cada beso con la locura propia de dos seres dispuestos a morir enganchados el uno del otro; penetrando las orillas de sus sexos afilados como cuchillos japoneses.

Dos horas después de haberse internado en la cueva improvisada de la lujuria, salieron exhaustos, cada uno por su lado, sin nada más que decirse…

Fotografía tomada de Pinterest

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Tempo.

Se ha enrollado en sí misma como un árbol viejo, busca resistirse a la muerte el mayor tiempo posible. Ha estado vendiendo su cuerpo sin parar desde que tiene memoria, aprendió a vivir con ello. Le gusta el “dinero fácil” dicen, pero en realidad es la vida que ha decidido vivir. Ha retado al tiempo, sintiendo y acentuando el movimiento constante de sus deseos; pero el viento ha empezado a soplar más fuerte, hoy le cuesta mantenerse en pie. Una mujer única, como todas las existentes en el mundo, ninguna de nosotras es igual a la otra, ninguna, por más que las similitudes nos despisten. Sus ojos son indescifrables, uno de cada color; heterocromía suspendida por un rostro casi perfecto, digo casi porque se notan las heridas, y, no son de una sola guerra, esa cara ha visto los colores de la infamia a plenitud.

Sentada en el mismo rincón del viejo bar de la calle de las Cecropias, desde hace más de 20 años, pide el café escaso de leche y al tiempo, hoy ha sido diferente, lo quiere muy caliente, como si quisiera acabar con el hormiguero que anida en su pecho; parece que un incendio se ha desatado en su interior, fuego mata fuego. Hay pasiones tan profundas que se tornan en dolores constantes, se quedan tatuados en la piel como queloides, heridas que sanaron a la fuerza, como si quisieran mantenerse abiertas para recordarnos el significado de la vida. Nadie conoce su nombre, le dicen Arcoiris, por su mirada, siempre va vestida para la ocasión, mostrando piel, con los labios prendidos de un carmín edulcorado, perfumada de pies a cabeza, sonriente y cazando a la presa con mejor presencia, le gusta lo “bueno”.

Arcoiris está triste, lleva horas con las manos metidas en la cintura de su falda, acariciando su sexo, empapada en lágrimas que no cesan, se le ha enfriado el café, parece a la espera de algo o de alguien, desconsolada, como si quisiera morirse…

MICRONOLATO

Sueño infame…

Su cuerpo no encajaba dentro de su mente, la distrofia iba más allá de lo evidente, desde la repentina muerte de su madre hace dos años todo era un martillar constante. Miedos e incapacidad de mirarles a los ojos, las mujeres le causaban aversión. Consideraba que tenía una vida indecorosa, llena de lujos pero indecorosa, carente de todo y de nada. Esa tarde tomó más vino de lo habitual, había decidido dar un paso hacia adelante, no necesitaba más de lo que le estaba sobrando, sus deseos empezaban a hacerse palpables. Dejó de lado toda relación con el mundo para internarse silencioso en un universo de hombres, seres especialmente curtidos, amantes de la desnudez, lujuria, sexo pervertido, locura y noches interminables. Besos con lenguas infinitas, falos que le atravesaban el vientre mientras gemía trémulo, luces rojas, música y depravación. Sus manos sudorosas aferradas a la espalda de seres a los que no había visto nunca en la vida le provocaban una excitación indescriptible. Sensaciones que perduran en la sangre como la sangre misma; un sueño hecho realidad. Inmerso en ese mundo pasaron los días sin darse cuenta de lo que el tiempo fraguaba, estaba a gusto, no necesitaba nada más. Al salir la luz del sol se dió cuenta de que todo era producto de un sueño casi real, a causa de una ebriedad mágica de la que lo habían sacado obstinados sus cuatro gatos…

MICRONOLATO

Ausencia…

Con la ausencia de  Luz, volvió a buscarse, empacó una mochila, un tenderete, un libro, algo de fiambre y se fue río abajo.

Llegó al monte, conectó con un trozo de tierra e instaló su agotada existencia a la espera del llamado, ese que en el fondo le susurraba que descansara, ese que con ansias deseaba escuchar a gritos para caer rendido ante un profundo sueño, arrullado por los moscos, grillos, y demás animalitos, que, al sentirle cerca, hicieron un lecho tibio para abrazarlo y darle algo de consuelo, estaba muy roto.

Todo se compadeció de él, mientras su cuerpo sólo deseaba despojarse de la rabia que le estaba produciendo su recuerdo, esa rabia que estaba ahí para compadecerse ya no de sí mismo, sino de ella. Tiene la conciencia tranquila, luchó por ella, buscó comprenderla, pero eso del entendimiento se volvió una guarrada parecida a las balas de paintball que tanto le gustaba ir a disparar con sus amigos, esos mismos amigos con los que celebraba dándose besos apasionados, para después restregárselo en la cara, provocándole celos. Era un hombre emocionalmente maltratado, aferrado a ese comportamiento porque a veces el verdugo se disfraza de amor, y a pesar de lo evidente preferimos creernos la mentira pensando que se vive mejor.

 “No soy un ser perfecto, he fallado tantas veces, y tantas veces lo he reconocido, he llorado, he gritado he maldecido, te he amado y al final, casi odiando esto, he decidido no seguir fingiendo un amor que quizá mal entendí, un amor plagado de reproches y de falsas esperanzas. Me volví un adicto a protegerte, celoso y maniático a veces, no me daba cuenta de que me manipulabas suciamente para después reírte de mí a puerta cerrada con tus confidentes. Te pido de corazón y sin casi rencores que te vayas de mí. Vete y no vuelvas ni a mencionar mi nombre, de esto queda una mascota en orfandad, y mis ganas de nada más que tu ausencia. Me quedan de experiencia mil intentos fallidos, mil conversaciones a la luz de la luna, mil esperanzas perdidas, tu encanto del principio y tu inteligencia mal empleada, también un par de viajes juntos, tu paseo con ese otro por Europa, y mi absurda resiliencia.

Ahora que no me necesitas, ahora que te bastas por ti misma, ahora que por fin he dejado de ser algo para ti, intentaré que dejes de serlo para mí, espero empaques tus chantajes, tus mentiras y tu amor interesado, porque si te vuelve a ir mal en la vida, ya habré cambiado la cerradura de mi casa, de mi corazón y de mi alma para siempre. Ahh, no te olvides del cuchillo con el que has amenazado con cortarte las venas, ese que te he arrebatado a empujones, el verdugo cómplice con el que no te cansaste de romperme el corazón y hacer que me rindiera de nuevo ante una actuación de magistral crueldad. Fuiste mi Luz, fuiste mi anhelo, fuiste mi abrazo y mi esperanza, aun sabiendo lo que realmente eras, quise salvarte de algo que ya no tenía remedio ni salvación posible. Para siempre adiós Luz” le escribió en una carta que al salir le dejó pegada al frigorífico.

Ese hombre le había dado todo de él, mientras ella hacia uso de sus fantasmas para que atacaran su humanidad, y sintiera lástima. Se apartó de sí mismo dándole hasta lo que no tenía. Justo lo que no tenía le llevó un par de veces a la calle a buscar refugio en brazos de otras ganas, de otros besos, de otro vaho, del que con certeza hoy no recuerda ni su nombre. Guarecía las ganas rabiosas de contacto, porque ella y su egoísmo le dijeron a la cara, que preferían a otro porque él no era suficiente, aun así, recogió su ego de hombre, lo remendó, lo colgó en un rincón del armario y se lo fue poniendo a ratos, sólo a ratos.

Pero en medio de la nada fresca, de la nada verde, de la nada oscura y rabiosa, dejó lo último que de ella le quedaba, se desprendió de su olor y de esas ganas y en medio de esa ausencia perfumada, despertó ante su evidente miseria, abrió los ojos y lloró hasta quedar inmóvil.

PD: Para un amigo, ese que confiando en mí compartió una historia de amor, de esas que duelen hondo, y te hacen más humano. He tomado lo que perciben mis entrañas y lo he convertido en otro de mis hijos, un relato que divaga entre las sensaciones de ser amiga de un ser humano imperfecto al que amo profundamente, al que he amado de tantas maneras, y que ya es casi imposible dejar ir. Un ser capaz de reconocer sus errores y afrontarlos, aunque le cueste el alto precio del amor de su vida. Love you Eye Soup. I decided to use your beautiful pic. Obviously without the female London spy… 

 

MICRONOLATO

Has vuelto…

No pudo contener la sorpresa de su retorno. Se lo ha dicho todo, le ha expresado el amor que por el siente, le ha dicho de nuevo, y con todos estos años de camino que le extraña, y que lo que siente es perpétuo. Ella es su pared en blanco, cada vez que regresa, ella quitará los cuadros, pintará de nuevo, y tapará los viejos huecos para que clave lo que le de la gana, también le escribe notas de amor, notas que al partir siempre se lleva en los bolsillos, las guarda para no olvidar el camino de regreso.

Cariño mío:

No hay que temer a la soledad, no temas volver a empezar, no temas conocerte. Estaré siempre aquí, para llamar al pasado tierno hacia un presente adulto, consciente y apasionado, como en nuestro último encuentro, cálido y desenfrenado, lo llevo tatuado en mi.

¡Te amo y te amaré siempre!

MICRONOLATO

Quimera…

Ante los ojos de su caracterizada presencia, todo era ordinario, viejo y polvoriento, estaba aburrida de tener que ensuciarse las manos, consideraba que lo suyo eran los palacetes a los que tenía acceso por cosas del oficio, el dinero fácil, la manicura , las cremas humectantes y los perfumes más costosos adquiridos en las boutiques del centro de la ciudad.  Nada tenían que ver aquel local de encuentros desaforados, los vestidos elegantes, la ópera y los manjares previos, con los aposentos de su amante de turno. Ella había alimentado su ego de una sórdida apariencia y de desmedida ilusión, ilusión que aquel hombre había aliñado a su justa medida en busca de diversión. El universo no se queda con nada, días antes le había echado en cara a la vida lo que pensó quedaría atrás con aquel macho ostentoso, guapo y viril. Pero en ese instante se dio cuenta de que todo era una farsa, simuladores de encorsetada burguesía, sórdidos e inconformes, adictos a lo que nunca tendrían por derecho propio. Mentirosos compulsivos incapaces de asumir la vida con los pies sobre la tierra…

Féminas...·MICRONOLATO

Entropía…

Sumó tanto que al final se quedó con nada, la nada que en un principio le supo a amor, y que no le cabía en el pecho…

El engranaje perfecto. Los colores, las luces, el maquillaje adecuado, un vestido glamuroso, y música. ¿Cómo no enfatizar en la música para esta ocasión?. Eligió la melodía más dulce de todas. Pianos, violines y flautines de infarto, todo en conjunción con el tamaño de sus deseos. Estaba correspondiendo a lo que ella percibía de él; meses enteros de labranza sentimental, recogidos en una noche de sorpresas… La mesa era la guinda del pastel. Los olores de su comida favorita, la vajilla heredada de la abuela Iris, los cubiertos de plata y las copas de bohemia. La energía y el mimo concentrados en ese espacio eran tal, que las paredes sonreían y los enceres bailaban al compás de aquella sutil melodía. A la hora esperada sonó el timbre, el invitado fue recibido con bombos y platillos, el saludo perfumado con un beso tibio en los labios, el abrazo de manos y aquel: ¿Qué es todo esto Manuela?… En una fracción de segundo, la música dejó de escucharse, las paredes perdieron el brillo, y los enceres volvieron a su estado inerte, en sincronía, con la cara de circunstancia de quien venía con una sola intención. Decirle a la anfitriona de ensueño hasta luego y adiós. Él se iría para siempre, había encontrado el amor, y lo que tuvo con ella, era sólo producto de una deliciosa infatuación…

MICRONOLATO

El pálpito de la agonía

Capítulo II

Fernando Monasterio, era hijo del notario del pueblo, un hombre soberbio y de carácter agrio. Por todos era bien sabido que se oponía a la relación entre su hijo y María, por estar en polos opuestos de la sociedad, pero a pesar de todo, ellos buscaban la manera de estar siempre juntos, aunque a escondidas. Diez años atrás todo cambió; la madre de Fernando, murió repentinamente de una pulmonía, después de eso, su padre, decidió que el mejor lugar para el joven, sería la capital. Fulgencio Monasterio, se las había ingeniado para que Fernando, nunca regresara al pueblo. La capital representaba para el ego de Fulgencio, el futuro de un hijo, al que heredaría una gran fortuna, prestigio y alcurnia, para que así, olvidara a la hija del ya fallecido zapatero del pueblo. Ni una llamada, ni un sólo telegrama. María, nunca recibió respuesta a los cientos de cartas que le había escrito. En el pueblo todos sabían que se le había vetado. Pero a pesar del tiempo y de las difíciles circunstancias, los sentimientos no habían cambiado, estaba decidida a encontrarlo, vivía en el extranjero, se había licenciado como abogada, y para ella, había llegado el momento. Cogería sus maletas y se iría de vuelta a sus raíces, viajaría en busca del único ser capaz de redimir el peso de su atribulada existencia.

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El pálpito de la agonía…

Capítulo I

María se había sentado al pie de la ventana que da al patio buscando su olor, el olor de la sal que desprendía su cuerpo, cuando se quitaba la camisa, y corría motivado a cortar leña para la vieja chimenea. A pesar de vivir lejos del escenario de aquellos recuerdos, esos días habían quedado impresos en su memoria a fuego. Ella sabía que algún día volvería a verle, ese día le diría todo lo que hasta el momento de su partida no fue capaz de confesarle. Aquel secreto guardado entre pecho y espalda la estaba matando, y lo único capaz de darle consuelo, sería su reencuentro con Fernando Monasterio…

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Com – postura. Capítulo IV

Otro dia, otra cita, otra experiencia que derrite con cada tic-tac, el reloj  de  las ganas de Lucía. Su obsesión con el encuentro semanal era tal, que no concebía ese día sin él, sín esa voz que se adentraba en ella haciéndola perder el control de su pasividad para asumir su rol de fémina apasionada.

Curiosamente esa noche, el encuentro no se dió. Lucía, esperó impaciente, fumó dos paquetes de cigarrillos, miró mil veces la pantalla del ordenador, comprobó otras mil la conexión  y, hasta llamó a su proveedor de Internet para verificar que todo estaba en orden. Algo pasaba, su desconocido amo no apareció, no había forma de saber acerca de él, no conocía su nombre, ni su número telefónico, ni el color de su piel, ni su voz… 

Con la ausencia, todo empezó a darle vueltas a la cabeza, al ser consciente de que no sabía nada de nada, nada del extraño hombre de su cita semanal, se vino abajo…

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Com – Postura. Capítulo III.

Bailando…

La música en la habitación era estridente, Lucia, se movía sensualmente ante aquel ordenador, mientras veía como se masturbaba su amo. La habitación totalmente ambientada con un juego de luces intenso, desvelaba el carácter erótico del rojo y el negro de la decoración que, contrastada con la desnudez de una mujer diferente a la que todos conocían, la iluminaban, atrapada por el encanto y el colocón sexual que la poseía…

Las manos de Lucía, paseaban de arriba abajo, acariciando sus tetas, masturbando su sexo alebrestado que se derramaba por entre sus piernas. Sus labios pintados de rojo intenso, la hacían aún más llamativa y provocativa. No era una mujer propiamente delgada, era perfecta a la hora de exteriorizar todo el fuego de su pasión con esos movimientos delicados. 

Lucía, no se cortaba un pelo, estaba sintiendo, estaba llena de confianza y de ganas. El hombre del otro lado, su único espectador, el único hombre en su vida, no aguantó más, y ante una mujer eróticamente provocativa, sugestiva y sensual, se veía mermado, no podía contenerse más…

“Ven conmigo amor, ven conmigo, dame de tí,” la voz le llegó al vientre y se derramó ante una Lucía,  que hacía que su respiración fuera una carrera acelerada por llegar al tan anhelado clímax…

MICRONOLATO

Com – Postura. Capítulo II

Desnúdate…

Lucía estaba lista, eran el día y la hora de siempre… Responde con voz ansiosa: -Hola mi amo, Pensé  que  no llegaría a tiempo para empezar con nuestra cita habitual, estaba todo muy congestionado, y el frío hizo que los clientes salieran mucho más tarde por el pan… Desde aquel ordenador, se escuchaba la voz  de un hombre, una voz  con mucho carácter, penetrante y fuerte: Lucía, debes tener en cuenta que nosotros, nuestra cita, nuestros deseos y nuestro amor, son lo más importante, y están por encima de cualquier cosa.. -Lo sé, responde Lucía-.  Mi amo, prometo serte fiel y seguir deseando el momento en el que  muestres tu rostro, yo estaré siempre aquí. ¿Cuáles son tus deseos para hoy?. Pídeme lo que quieras, como siempre, soy tuya y solamente tuya, mi cuerpo te está llamando, háblame, dime:  ¿Qué quiere mi amo hoy?. Sin titubear, el hombre  al que Lucía recurrentemente se dirige cómo ” mi amo”,  responde:

Abre el cajón de las sorpresas, suéltate el pelo, píntate los labios de rojo, desnúdate entera y baila para mí…

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Com – Postura. Capítulo I.

Frío…

Es noviembre, todo está gélido. Lucía, se apresura en llegar a la estación central para no perder el autobús de las 21: 45. En casa la espera su madre para cenar, y va con retraso, hoy la pastelería estuvo muy concurrida, no entiende el motivo, pero justo hoy, todo se ha dilatado en el tiempo. Pero no es sólo la cena con su madre la que hace de su afán un calvario, debe llegar lo más pronto posible, para no perder la cita con su amado, un hombre al  que conoció hace meses en una página de citas, y con el cual se habla sin falta, cada jueves a las 23:00…

MICRONOLATO

LA CASA DE LAS CITAS A CIEGAS. PARTE IX.

MIRÁNDOSE A LOS OJOS…

Lucila reposaba en el salón de la Mansión Moretti, cuando sonó el timbre, se apresuró a abrir la puerta, sin percatarse de que su madre venía acompañada de Tomás Silvestry… Segundos después, y consciente de ello, no pudo soportar el peso de las lágrimas que empezaron a escurrirse por sus mejillas, ese acto de sensilbilidad que emanaba desde la inmovilidad de su cuerpo, hizo que el joven se abalanzara sobre ella, regalándole el más noble y cariñoso abrazo. Lloraron juntos, se estrujaban como si lo hubieran hecho antes, como si se conocieran de toda la vida y de repente algo les   separase para de nuevo premiarles con la presencia mutua, de un sentimiento que ninguno de los dos sabía que podía sentir. Y llegó el beso, el tan anhelado beso del reencuentro con eso que todos cremos haber sentido alguna vez en la vida.  Era amor, el beso más largo que se habían dado en toda su vida. Ni Lucía fue capaz de preveer  lo que ese beso desató en ella, a pesar de haber besado tantas bocas y haber sido poseída un milón de veces… Flotaba, volaba como una pluma al viento, envuelta en la pasión que Tomás, le estaba haciendo sentir. Por primera vez en la vida, estos dos seres  se habían despojado de cualquier cosa que les cohibiera, de cualquier sufrimiento agreste. Ese dolor era diferente, ese dolor se dejaba querer,  ese dolor había movido cielo y tierra para reencontrar a dos extraños en nombre de lo que claramente era intenso y casi sin nombre.

Mariana, ordenó al personal de servicio a tomarse el día libre. La decisón de dejarles solos era justa y necesaria. Lucila y Tomás, desaparecieron entre el vaho de los ventanales de aquella habitacíon.  Ese día, el miedo salió despavorido, mutando en pasión desenfrenada, llenó sus venas de sangre, el latido de sus corazones sobrepasaba las paredes de lo conocido. Se amaron tan profundo que por instantes lograron habitar el uno dentro del otro. Se exploraron, contaron pecas, avistaron estrellas fugaces, cenaron besos tibios y de postre la miel de sus almas.  Por primera vez habían hecho el amor, y mojar las sábanas se había convertido en algo literal…

Sus cuerpos dejaron el vacío de la vida que recordaban. No había cabida para otro recuerdo más allá del de haberse poseido… Mirándose a los ojos.

 

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LA CASA DE LAS CITAS A CIEGAS. PARTE VIII.

INTRODUCCIÓN

Para cuando se dieron cuenta, habían pasado cuatro horas. Mariana y Tomás, habían conversado de tanto, que parecían conocerse de toda la vida. El joven abogado, no había distraido su atención ni un sólo minuto, escuchó la historia de Lucila, detenidamente y sin casi parpadear. La cirujana habitó la piel de madre con remordimientos, y, se encargó de contarle acerca de la vida de su hija, desde el instante mismo en que nació, y, el papel tan mediocre que ella había ocupado en ella. Tomás, estaba preparado para darle la sorpresa a la mujer que le había movido la existencia,  la que había sido capaz de romper sus esquemas, y estaba convencido, de que era una de las mejores cosas que había hecho en su vida… Nada le sorpendió, la situación en la que vió a su madre, le había preparado para la vida. Se había hecho hombre sabiendo que cada cabeza era un mundo y que cada mundo tiene sus dilemas…

Al dia siguiente, luego de una jornada llena de lágrimas, y de introducciones casi prosáicas, ladeadas en un poema de realidad. Mariana, Tomás, y Moranco, abordaban el avión para ir a desvelarle a Lucila, el descubrimiento del hombre que había marcado una nueva pauta en su vida…

 

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LA CASA DE LAS CITAS A CIEGAS. PARTE VII.

INCERTIDUMBRE…

 

“El lugar en dónde los poderosos pescan pasiones enmascaradas, sin correr el riesgo de ser descubiertos ante la mojigatería de una sociedad cortopunzante, y de doble moral… Todo, por un precio justo”… 

En aquel lujoso salón de vantanales plateados, todo era gélido. Era aire, ese aire que desprevenidamente anuncia la llegada de una tormenta, pero que ninguno de los presentes podía predecir. No había espacio para perfumar pasiones, ni tampoco para salir corriendo, estaba escrito. Era el momento de empezar a  ponerle rostro a las peticiones de auxilio de dos corazones empecinados, en la necesidad que les generaba pensar que sólo con la presencia de ese otro desconocido, que había  removido a la vecina de la curiosidas, podrían ser felices…

El detective Moranco, posaba en la esquina derecha en silencio, vestido con un extravagante traje color zanahoria, que le daba explícitamente el papel de punto rojo en aquella desconcertante fotografía. Tomás Silvestry,  paseaba las manecillas de su reloj, minuto si, minuto no, para no sostenerle la mirada a ninguno de los presentes. Por el contrario, Mariana Moretti, no había dejado de lado su teléfono móvil, dando instrucciones a sus asistentes “incompetentes”, por no encontrar alguna cosa que les había pedido. Tres extraños, citados bajo el secretismo del extravagante Danilo Di Fiore, que tenía miles de razones para descubrir  la respuesta de una búsqueda ciega, sorda, y, hasta ese momento casi muda, que había durado un año…

30 minutos después de tan “silenciosa” espera, Di Fiore, entró al salón,  disculpándose y dando las gracias a los tres receptores de su lambonería, y cinismo disfrazados de señorío.  Las damas primero; Se presentó ante Mariana, la única que no le conocía, como el administrador de LA CASA DE LAS CITAS A CIEGAS; Definió aquello como: ” “El lugar en dónde los poderosos pescan pasiones enmascaradas, sin correr el riesgo de ser descubiertos ante la mojigatería de una sociedad corto punzante, y de doble moral… Todo, por un precio justo”… 

Después del sonsonete, el estirado Di fiore , se dirigió a Tomás: Señor Silvestry, la señora Mariana Moretti, y el detective Javier Moranco, vienen desde lejos, y…son los representantes de quien en su momento escribió al igual que usted, solicitando el listado de los asistentes a nuestra cita anual del pasado verano… Como ya se dan cuenta, he cumplido con lo establecido en nuestro contrato verbal. Pueden quedarse aqui, y disfrutar de nuestra hospitalidad… Ha sido un placer haber podido servir a tan ilustres ciudadanos. Hasta siempre, y a sus órdenes…

La puerta se cerró detrás del taconéo de Di Fiore, dejando a Mariana, Tomás y a Moranco, bajo la gélida incertidumbre de una tormenta que había empezado a llover tímidamente…

Faltan tres capítulos para el expectante final.

CONTINUARÁ…