Poesía

Miles.

He perdido la cuenta,

pero llevo noches acostándome con él,

abrazada a su aliento y a su cadencia,

recobrando entre sus brazos la esencia de mi ira, y el hervor de mi sangre temblorosa,

olvidándome del dolor,

sumergida en el dulzor del suyo, y deshaciéndome de los nudos de mis penas.

Me gusta cuando súbitamente eleva el sonido de sus notas para meterse con más precisión debajo de la piel que habito.

El sabor de su presencia trae después de un rato, la imperceptible intervención de la calma.

Paso de un calor extremo a la comodidad que emerge del susurro de su aire,

me arrulla trayéndome de vuelta a la más tierna infancia, contagiándome de una emoción sagrada.

Le escucho con los ojos cerrados mientras me acaricia despacio,

con la certeza de que desprenderme de él no está entre mis planes.

Se regocija entonces la herencia que nos une, y que contrasta con la emoción más sublime de todas,

invadiendo mi carne de orgasmos atípicos, iluminados con el color de su piel negra azabache.

No me canso porque él es bello, y liviano como una gota de sereno,

no me canso porque se acomoda a mi deseo,

porque es perfecto y me seduce de maneras inimaginables.

No me canso porque es tan azul como el cielo, e inunda mi respirar de armonías profundamente embrujadoras.

Llevo noches y más noches acumulando horas a su vera, y la verdad es que contra todo pronóstico, no me canso y… quiero más…

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