MICRONOLATO

Destilando.

Relaciones tenues, intereses implícitos que ninguno dice en voz alta, no es necesario. La noche aún es joven, y se han empezado a descorchar las botellas del frío champán que no falta en ninguno de los encuentros.

Las gemelas Roldán, fueron las primeras en llegar; desde que se constituyó el grupo de almas iridiscentes en torno a la fusión de locas pasiones, nunca han faltado a este particular evento, les va la marcha. Al fondo retraído y casi distante, Marcus, un italiano al que por encima no se le nota el fuego; detrás de su look desaliñado, la barba y los diminutos espejuelos hay mucho más que indiferencia, las que le conocen dicen que está muy bien dotado. Y no podían faltar la guinda del pastel de la lujuria, los “hermanos” Mellier, que en realidad no lo son, así se llama la empresa de utensilios de cocina que dirigen; desde jóvenes se han mantenido unidos, tanto para los negocios como para las travesuras. Adrián, Jessica y Lucas, traen consigo la inventiva nata de la perversión carnal, y las ganas de seguir experimentando. Seis corazones que se confunden entre el selecto grupo que hace parte de las bacanales de octubre, del club Q’s. Seis personalidades que han sido seleccionadas sin conocerse, para hacer parte del ring más exclusivo de la orgía de exhibición, en la noche más importante de los adeptos al mundo swinger. En la ciudad de Ríos Ardientes, capital de la libertad, en el país de las delicias, la cosa está que arde…

Los aspirantes a Duques de la Lujuria de este octubre no se conocen, pero sí distinguen el mundo en el que se mueven. La selección ha sido hecha al azar a través de la base de datos de los que libremente se han inscrito a la orgía y, a decir verdad, todos se mantienen expectantes. Les gusta el sexo, son amantes de la promiscuidad, y están dispuestos a darlo todo para vencer y convencer. De ellos depende que los 100 invitados a la gala queden desnudos al final de la noche, se motiven a jugar, gasten dinero, y disfruten en libertad de lo que allí se oferta. En Q’s nadie ve más allá de sus deseos, al final de la velada habrá seres más o menos contentos, contentos del todo, y los que ni fu, ni fa. Pero cuando todo termine, y salgan por la puerta principal, la experiencia habrá quedado atrás…

Faltan 45 minutos para el espectáculo, y los seleccionados son llamados al camerino a través de un artilugio vibrador con las indicaciones pertinentes. A cada uno le es asignada una azafata que les guía hacia un relajante baño de espuma previamente preparado, del que salen revitalizados, perfumados, y con la piel dispuesta para el juego. Las reglas están claras, los preservativos dispuestos, y la palabra de seguridad de la noche es: “agua”.

El reloj marca la una en punto de la madrugada, suena la campana y los candidatos a duques del ring de la lujuria, salen de uno en uno, totalmente desnudos y con el rostro cubierto por una máscara de distinto color, cuerpos tan diversos como febriles. El inmenso salón a media luz está rodeado por los ojos de los asistentes que empiezan a susurrar sus primeras impresiones. La voz invisible detrás del conteo da el arranque, empieza el juego. Las gemelas no esperan y se vuelcan en conjunto hacia Marcus, sus manos empiezan a enrollarse; pronto los seis desconocidos se juntan para reconocer el olor de sus cuerpos, las feromonas empiezan a hacer lo suyo. La música de fondo es lenta, y así de lentos son los movimientos de los seis, cuya coreografía fluye de manera natural. Dos mujeres competitivas, y que ven con naturalidad el juego sexual en el que están inmersas, no abandonan el liderato. Se acercan al cristal masturbando sus vulvas, mientras Jessica, la otra mujer del grupo, las observa sucumbiendo a la tentación de unirse al espectáculo que fluye cada vez con más fuerza, por los cauces de una basta y exacerbada pasión. La música va en aumento, los compases de lo que ahora está sonando, hacen que la selección natural haga de las tres espontáneas parejas del ring algo vanidoso, exclusivo, delicioso de escuchar, y estimulante para los ojos de los que dentro de la audiencia, no se resisten a tocarse y a empezar a escoger con quien interactuar.

El ring se pone aún más candente. Los cuerpos se confunden, y, la necesidad de verse totalmente desnudos hace que las máscaras desaparezcan. Las cosas fluyen de un lado y de otro. De entre el público los gemidos empiezan a emerger gradualmente, y a estas alturas en el ring, es difícil distinguir quién posee a quién… La música sigue creciendo, por la misma vía va la sensación de placer, vaho en el ambiente; es inevitable como espectadora, no fijarme en la manera cómo las personas dentro del gran salón rozan sus cuepors entre sí. En la lona están todos sumergidos en el otro; se han enrollado tanto que la posición en la que se encuentran es difícil de descifrar. Penes erectos, vulvas chorreantes, lenguas en fiesta loca, pentración, susurros, gemidos, chillidos, y miradas que se cruzan…

Ha estallado el aire, todos están copulando al unísono, los sonidos elevan los sentidos, las almas supuran incontenibles a través de la piel, tiembla el suelo, huele a sexo, huele a lujuria, huele a deseo y, desde esta parte del palco en el que me encuentro, es imposible no caer en la tentación. Lamo tímida mis dedos después de acariciar mi húmeda vagina. De repente, a mis espaldas, un desconocido aprieta mis pechos tan fuerte que es imposible no estallar en un grito absorto de deseo, me abraza y no lucho contra ello. Recorre mi cuerpo con sus enormes manos, ásperas quizá por una rutina que desconozco. Mientras besa y muerde mi cuello, levanta mi falda y me apoya en un ángulo más inclinado sobre la barandilla del palco, se deshace de mi ropa interior, mete sus manos, nota mi humedad mientras incontenible le pido que me penetre; no he soportado la presión de la locura lasciva desatada en aquel lugar. Gimo mientras el desconocido me penetra imbatible, sin quitar la vista del cuadrilátero, mi cuerpo se fusiona con el todo de ese instante; siento su pene en mi garganta pero quiero más, no es suficiente, me encanta la sensación de sentirme embestida con poderío. Palabras soeces, gritos, la música no para en su escalada, las paredes parecen abrazarnos, muchas almas en un sólo latir. Y de repente, en una escala al unísono, y como si estuviera previamente coordinado, llegan los orgasmos. Es un todos contra todos, es el David del deseo, contra el Goliat del no resistirse, los lamentos de placer no se pueden contener; hombres y mujeres prescindiendo de lo que les queda de ropa, anclados al calor de sus miembros y vulvas erectas, escurriéndose por entre la piel, estridencia, placer, una liturgia carnal llena de rezos lujuriosos. Llego yo, llega quien me posee, llega el ring, llega la ovación de la carne. Se escucha la respiración de uno y de otro, una corta calma, llega el aplauso. Los aspirantes serán coronados, lo han logrado: habemus duques, habemus pasión para un rato largo…

Fotografía tomada de: Pinterest

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