MICRONOLATO

Ardor.

Habían estado esperando el momento propicio para ese encuentro 58 veces pospuesto, sí, 58 veces. Las habían contado todas, con pelos y señales. Cada detalle grabado a fuego en sus memorias como si lo estuvieran viviendo en el instante; de ello era testigo el viejo diario de hojas amarillentas que ella guardaba debajo del colchón hace más de diez años. Había pasado el tiempo, la espera era una constante en sus vidas; físicamente estaban separados pero sus corazones mantenían la esperanza de volverse a encontrar. La apuesta tenía que ser consumada, tal y como se había escrito desde su gestación. Miranda tenía éxito como abogada penalista en la capital, Curro, decidió quedarse en el pueblo para mantenerse al lado de sus padres, heredando los viñedos y la fábrica de la familia. Como hijo único vivía una vida holgada, y por el contrario de ella, nunca se casó. Aunque tuvo un par de relaciones conocidas en el pasado; en el pueblo era sabido su amor por ella.

Los veranos de juventud estuvieron marcados por aquellos encuentros entre matorrales al pie del río, deshaciéndose entre gemidos, noche tras noche, explorando sus cuerpos adornados con los brillos de una lozanía casi perpetua. Miranda y Curro se conocían desde la tierna infancia, nacieron con un día de diferencia, sus padres eran amigos también desde niños, y eso estrechaba aún más los lazos de cariño entre ellos. Después de terminar el colegio, y diez años de noviazgo, sus vidas se separaron. Ella partió hacia la capital persiguiendo el sueño de ser abogada, y él tomó la suya. Pero a veces la voluntad no alcanza, la fuerza de lo que se queda dentro es determinante y las voluntades se vuelven “putas”…

Haber esquivado el día ‘D’ durante tanto tiempo no había servido de nada, el destino estaba marcado en el calendario, y la mesa estaba servida. Salieron de sus respectivas localizaciones de camino al restaurante acordado, ella más guapa que nunca y él, altivo, perfumado de pies a cabeza, seguro y tranquilo. Al encontrarse de frente sus miradas se fundieron en un acelerado latir. La escena no tenía desperdicio, todos los años de latencia valieron la pena, una decisión implícita en sus actitudes daba una primera pista de lo que iba a suceder. Durante la cena se tomaban de las manos, se miraban como si el mundo se fuera a acabar. Ella descalza le acariciaba con sus pies por debajo de la mesa, él se sonrojaba, no podía dejar de sonreír. Al cancelar la cuenta Miranda le hizo un guiño para que la acompañara hasta el servicio, titubeante aceptó la invitación. El momento era el momento; esos cuerpos que se habían aferrado a la esperanza empezaron a destilar deseo por todos los costados; cualquier espacio hubiera quedado pequeño para tanta pasión reprimida. Ella se abrió de piernas y él sin pestañear, se pegó a su vulva, saboreando con delicadeza el provecho de su escencia más íntima, mientras su feminidad se deshacía entre el ardor de esos gemidos conjugados por los movimientos de su lengua diestra. Una cosa llevó a otra más intensa, y como el hilo entre el ojo de una aguja empezaron a hilvanar los agujeros del tiempo, entregándose en cada beso con la locura propia de dos seres dispuestos a morir enganchados el uno del otro; penetrando las orillas de sus sexos afilados como cuchillos japoneses.

Dos horas después de haberse internado en la cueva improvisada de la lujuria, salieron exhaustos, cada uno por su lado, sin nada más que decirse…

Fotografía tomada de Pinterest

8 comentarios sobre “Ardor.

Responder a LaCalleDelFondo Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s