historias de fémina...

Pequeñas grandes cosas, parte de guerra V…

Hola tú:

Me alegra poder sentarme a escribirte de nuevo, la semana ha sido frenética. A estas alturas ya tengo una rutina establecida y entre los andenes imaginarios del salón y la cocina voy recorriendo esta diminuta ciudad en la que el confinamiento se hace más llevadero. Las farolas de la imaginación se encienden y la creatividad asoma con ganas de muchas cosas, pero ya sabes, como dice el Umami: calma, calma, una cosa a la vez…

Entre las novedades de esta semana nutrida de caras nuevas, aventuras, pelis y escasa poesía. He conocido a personas maravillosas con las que comparto la aventura de Masticadores. Sus caras, sus voces, y sus sonrisas invadieron la pantalla de mi ordenador, convirtiendo una reunión de trabajo en algo parecido a un reencuentro emocionante entre amigos que regresan de un viaje de noches profundas. Debo decir que he hablado hasta por los codos, he compartido una receta de pan, y hemos quedado en construir historias que hagan más digerible este encierro. La vida da para mucho e intentamos dejar para la posteridad alguna huella impresa del paso de este toro vírico por las plazas del mundo. Ya sabes, las reflexiones habituales giran alrededor de cómo esta maldita enfermedad ha dejado fuera del ruedo hasta al más valiente matador. Hombres y mujeres atrapados por esta mierda. ¿Sabes?: me he reconocido en los gestos de cada uno de ellos, me he fundido entre aquellas sonrisas que invaden el fresco recuerdo del encuentro después de habernos despedido. Me han devuelto el ánimo difuminado entre el aislamiento y mi ostracismo.

He vuelto a mi afición por las películas y documentales de la 1 y la 2, gracias a eso he conocido a Miguel Gallardo, el historietista catalán, creador de Makoki. Lo vi anoche en una película documental en donde cuenta la bella andadura de amor que gira alrededor de María, su hija de 14 años con autismo. La historia me ha tocado el alma, el amor que profesan padre y madre a una adolescente singular es grandioso, bello. María, vive metida en un mundo que hace más llevadero su padre a través del dibujo, la paciencia y el mimo. Gestos propios de una entrega incondicional. “María y yo” amplió mi necesidad de seguir buscando en mí las cosas que pensaba estaban por fuera. esas cosas las tengo aquí, conmigo, enredadas en el pecho, anidando en mi corazón. Todo esto me da fuerzas para no detenerme en alcanzar mis sueños, no me voy a rendir, asumiré los días malos tal y como vengan.

Espero mantenerme lo suficientemente cuerda para escribirte de nuevo mañana, contarte más cosas y poder darte las gracias por hacer parte del pasado que ahora vislumbra un futuro más sólido y en el que quiero estés.

Hasta mañana, te quiero, con amor,

Quinny.

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