Poesía

Acoplados…

Vestido de optimismo y sensualidad entraste por esa puerta aquel sábado noche; me miraste de pies a cabeza mientras mi yo más expectante, enaltecido, perfumado, maquillado y resolutivo deseaba tocarte. Besaste mi boca suavemente mientras mi yo carnal, luchaba por mantener la compostura y no meterte la lengua hasta tocar la campanilla que adorna el portal de tu penetrante y deliciosa voz. Me fui calentando, se me subieron los colores a la cara después de aquellos besos de buen presagio. Salimos a la calle tomados de la mano, mientras tu umami seguía en la punta de mis labios, pinchando a mi lengua para que dijera algo “inadecuado”. Estaba siendo la primera cita de mi vida sin serlo, estaba viviendo cada momento de manera consciente. Eso a los veinte años es muy difícil, y a los treinta no me pasó, quizá porque he sido cuidadosa con mi templo. Bendito sean los años y su paz.

Llegamos a ese sitio de luz tenue, yo no podía evitar mirarte, tus ojos parlanchines no dejaban de decirme cosas que yo intentaba descifrar objetivamente para no acelerar el paso de lo nuestro, ese algo que apenas estaba empezando a florecer. Debo confesar que esa noche las inseguridades empezaron a tintinear en mi cabeza, intentando despistarme y sacarme de aquel estado delicioso en el que me encontraba contigo; no pudieron, el olor alcoholizado de tu aliento, empezó a quedarse por todas partes, ese aliento me pone a millón, mientras tanto, como dos adolescentes entonados por el vino y la cerveza, éramos incapaces de desprender nuestras bocas de tan gustoso maridaje. Pasaron las horas, regresamos a casa por el mismo camino, entre abrazos, carcajadas con mucho eco y ganas, ganas en demasía. El compás de aquel encuentro estaba marcado por el golpe de tambores a la luz de la luna en medio de una selva de desaforo pasional, humedad, gemidos y el sexo más abrazador del mundo.

Tus manos gigantes, tu boca recorriendo mi cuerpo, la ropa a medio quitar, mi vulva en llamas, tu falo erecto y a punto de explotar. De repente, y casi sin darnos cuenta, estábamos acoplados bajo el efecto del indescriptible sazón del inevitable deseo. Nada puede describirse como aquello. Fuimos tigre, gato, perro, pantera, pájaro, rana. Sudábamos como animales mientras a punto de explotar, intentábamos describir con palabras ahogadas, la sensación de dos cuerpos perdidamente enamorados, engullidos por un orgasmo que al unísono, despegó de nuestra caja de resonancia un grito libidinoso de éxtasis y plenitud carnal.

Desde aquella noche no nos hemos separado, hemos dormido juntos como amigos, como amantes y como hermanos. Hemos sido, somos y seguiremos siendo libres, sin notas al pie, sin ataduras ni títulos de propiedad, porque no somos un bien inmueble, tampoco ganado. Somos seres libres, menos fieles y cada día más leales. Y por extraño que parezca, bien acoplados

Para FEM.

14 comentarios sobre “Acoplados…

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